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martes

Poema épico a una novia imaginaria

Subí a la montaña
Buscando la luz
Por un sendero
Serpenteante
Bordeando abismos 
Tenebrosos,
Picos acuchillados.

Trepé en medio de la noche,
Solitario, encogido el corazón.
Sombras fantasmales danzaban
Frente a mis cansados ojos.

Ascendí la montaña,
Vacilante, inseguro.
En mi corazón ardiente
Guardaba como un tesoro
La imagen de mi amada,
Una dulce princesa,
Negro el cabello,
Luminosa la sonrisa,
Rostro suave y delicado
Y corazón hermoso,
Generoso como la lluvia
Dulce como la miel.

Venida de universos lejanos
Donde la luz brota
Y se expande, acariciante
En cristalina cascada
Que fecunda la noche.

Llegada de un reino
Donde la belleza
Es eterna sonrisa
Y despertar alegre.

Subí agazapado,
Tanteando a ciegas
Con manos temblorosas
Para acariciar su pecho,
Allí donde palpitaba
Un ardiente fuego
Que iluminaba la noche.

¡Oh mi dulce amada,
princesa encantada,
amorosa fuente
de placeres puros,
de días sosegados
y ardientes noches,
de suaves caricias 
y tiernas miradas!.

¡Quién poseyera
estrellas y soles
para que nunca faltara
luz en tus ojos,
alegría en tu sangre
y paz en tu alma!.

¡Quién fuera rey
en el reino del amor
para inundarte de besos
dulces, eternos, gozosos;
para vestirte de belleza
al ritmo de la música
de las cósmicas esferas,
para acariciar tu cuerpo
con vibrantes ondas de amor
y desnudar tu alma
en medio de susurros 
para no despertarte!.

Trepé por el sendero
Para descubrir la oscuridad
En días luminosos,
Al demonio traicionero
De los amargos celos.
Pero la voz de mi amada
Era un faro inextinguible
En el puerto de mis sueños.

Desfallecía a cada paso,
Desnudo, sangrante,
Mirando sin ver,
Creyéndome perdido.
Oprimí su corazón
Entre mis dedos 
Para que nadie me arrebatara
Su dulce amor
Que allí palpitaba.

Cuando sentí
El agudo dolor
Lacerar mi carne
Desperté al alba
De un día nuevo.
A mi lado radiante,
Fuerte, encantadora
La princesa amada
Me miraba sonriente.

Acompañaba mis pasos
En medio del silencio,
Conocía mis desdichas,
Mis confusos desvaríos.
Sabía mis debilidades,
De mis íntimas vergüenzas,
De claudicaciones cobardes.
Pero ella amaba a este hombre
Con el que subía la montaña
Compartiendo el sendero
Desapercibida y amorosa.

Me miró enternecido
Y llore de alegría,
Abrazó mi cuerpo
Y besó mi sonrisa.
Hablé de amor
Con torpes palabras
Balbucientes, sentidas.
Lamenté ser débil,
Triste y egoísta,
Prometí que la luz
A sus ojos retornaría
Para que su mirada
Más feliz me miraría

Para que el calor vibrara
En sus dedos temblorosos
Cuando acariciara su piel.
Para que su mente confusa
Se purgara de desechos
Y su agotado corazón
Rompiera el pecho.
Para amarla, desnudo,
Palpitante, sereno.

Descansé en la cumbre
Y cuando bajé hasta el llano
Abrazando aquella cintura
De puro y divino cristal
Solo musitó un deseo
Con dulzura en sus oídos:
Que su amor fuera eterno
Como el palpitar del universo.
Puro y generoso, sencillo,
Como el viento sobre el mar.
Completo y profundo
Como el silencio infinito.
Dulce y embriagador
Como el susurro divino
Que uniera sus vidas,
Que fundiera sus cuerpos,
Que dilatara sus almas
Hasta el espacio sin límites
Y aún más allá, donde solo
Habitan la luz y el amor,
La felicidad y la belleza.

Besé aquellos labios
Suaves y cálidos
Y reposó su cabeza
En mi regazo amoroso.
Así, feliz, enamorados,
Dormimos dulcemente
Yo soñé hermosos paraísos
Para mi eterna amada.

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