Es imperativo encarcelar
mis «te amo». Reprimirlos para otra era, un tiempo lejano donde por fin los
sientas plenos y la sombra de este pasado mofado no los envenene.
Debo ahogarlos en mi
garganta, dejar que se sequen o echen raíces tristes en la penumbra de mi alma.
Que acumulen una furia tan ensordecedora que, cuando estallen, el retumbo de su
eco te descuadre la mente.
Negarles mi voz no es una
opción, es un castigo necesario: escupirlos al vacío no tiene sentido cuando
del otro lado solo habita tu inercia.
Decírtelos hoy es arrojar
un alarido a un abismo sin respuesta; es arrastrarnos a medias tintas,
desangrándonos antes de tocar la meta. Me morderé la lengua hasta sangrar.
Obligaré a mi corazón a
firmar un pacto de silencio vil con mi emoción. Se quedarán enterrados,
madurando en mi carne. Y no te confundas: no es sequía de amor, porque por ti
todavía me desbordo y me deshago sin cobardía.
Sólo le impongo un alto a
mi propia hoguera; a partir de hoy, este amor será un secreto violento,
resguardado apenas por el más frágil y miserable de los sellos.
Sin embargo, esta pausa
no es una renuncia ni una sepultura definitiva. Estos «te amo» que hoy amordazo
no están muertos; están aguardando a que el tiempo limpie las ruinas y madure
el terreno.
Siguen teniendo un rumbo
fijo, una brújula obstinada que apunta directamente hacia ti, esperando el
instante exacto en que tu piel esté lista para recibirlos sin sombras ni dudas.
Te invito a resistir este
paréntesis, a guardar la calma en medio de la distancia y el vacío. Ten la
certeza de que esas palabras que hoy callo maduran en el pecho correcto y
guardan tu nombre grabado en el fuego.
Solamente aguarda, porque
cuando este silencio por fin se rompa, no habrá dudas de quién fue, es y será
la única destinataria de cada uno de mis latidos.
Argenis Serrano
