La tinta no es un
capricho de la piel,
ni un dibujo grabado por
el juego;
es un grito sagrado,
antiguo y fiel,
un mensaje bordado sin
pincel,
que nace del espíritu y
del fuego.
Hay marcas que nacieron
del dolor,
de una ausencia que
sangra con la vida,
un llanto convertido en
un honor,
la cicatriz sellada del
amor,
que cura lentamente la
herida.
Aquel que porta un código
leal,
lo esculpe con el alma
transparente;
mantiene su promesa hasta
el final,
convierte su linaje en
pedestal,
alzando con orgullo la
frente.
Nace la búsqueda en la
aridez,
al querer descubrir un
nuevo mar,
indagar lo profano con
lucidez,
retar la misteriosa
timidez,
para aprender la piel a
descifrar.
Mas quien busca una
imagen tan fugaz,
un adorno ligero y sin
bravío,
hallará un testimonio
incapaz
de sostener un alma que
es audaz,
dejando solo un símbolo
vacío.
Un tatuaje es un pacto de
devoción,
una alianza que el tiempo
no quebranta,
juramento sin voz ni
rendición,
atado al palpitar del
corazón,
que hasta en la misma
muerte se levanta.
Es el sello
indestructible y constante,
que inmortaliza en carne
algún ensueño,
un trazo victorioso y
deslumbrante,
que no cambia su forma en
un instante,
pues pertenece a un
decidido dueño.
Servirá de memoria en la
matriz,
recordando de dónde
proviene el vuelo;
cuando la sombra intente
volverse gris,
la piel guardará intacta
la raíz,
fijando tu mirada hacia
el cielo.
Hay belleza tallada en la
figura,
que convierte los poros
en vaivén,
arte vivo que muestra la
escultura,
donde el trazo despierta
la frescura,
y el cuerpo se transforma
en un Edén.
Se lleva con profunda
dignidad,
no para el gozo ciego del
ajeno,
sino por la más pura
verdad,
vistiendo la conciencia
con majestad,
con un temple firme,
noble y sereno.
La verdadera tinta busca
el secreto,
se esconde dulce entre la
penumbra;
no necesita un aplauso ni
un decreto,
vive callada bajo un
manto discreto,
que en el silencio de la
piel alumbra.
Las palabras escritas con
destreza
dibujan las verdades del
camino;
son frases de valor y de
firmeza,
oraciones que vencen la
tibieza,
sellando para siempre el
destino.
Los rostros guardan un
valor sagrado,
imágenes que nunca han de
borrarse;
íconos del espíritu
encarnado,
misterios de un pasado ya
labrado,
que se niegan en polvo a
transformarse.
Quien decida marcarse, lo
haga despierto,
con la luz bien encendida
en la conciencia,
midiendo en cada aguja el
paso cierto,
sabiendo que jamás será
un desierto
el mapa dibujado con
prudencia.
Rechaza la corriente de
la moda,
ese viento ligero sin
gobierno,
que a las almas ciegas
acomoda,
y el capricho del mundo
torna en oda,
olvidando lo firme y lo
eterno.
Sé un mensajero fiel de
la victoria,
un libro vivo alzado con
heroísmo,
que lleva estampada su
memoria,
contando a los hombres su
trayectoria,
sin sucumbir al hueco del
egoísmo.
Camina con el alma bien
despierta,
mira la piel como un
templo inmortal;
haz de tu cuerpo una
muralla abierta,
donde la tinta sea una
verdad cierta,
y tu mensaje un faro
celestial.




