Ni
amenaza, ni reproche, ni llamado; sólo un comentario real y sincero aseguro
cuando digo que te pierdes de mis besos, por no ser, no estar, no querer, no
merecer.
Seguramente
encontrarás el beso especial en otro hombre, ese que necesitas o que te dé
vida; esperando que no sea una farsa y una costumbre de aquellos malsanos que
engañan.
Pero
la pasión, mirada previa y cerrar de ojos; el sentir que dependemos del oxígeno
del otro para seguir respirando, que el mundo pasa del mundanal ruido a
escucharse fanfarrias, liras o coros celestiales, de eso se tratan mis besos.
Las sonrisas
previas y luego de cada contacto de nuestros labios, existirán en la justa
medida, manteniendo en lo más alto el valor glorioso del momento de besarte a
ti, la mujer que anhelé besar, pero no fue.
Te pierdes
de mis besos y de una historia personal, así como yo me pierdo de los tuyos y de
una manera divina de -previo al dormir, al soñar y al despertar-, recordar como
un aliciente y un alimento para mí alma.
¿Quién
tiene la culpa?, nadie; porque seguramente opté por una de las cosas más
reprochables de la vida: la unilateralidad sin merecimiento. Me creí merecedor
y resulté ser mi propio verdugo, castigándome merecidamente por desear algo tan
valioso de una mujer ídem.
Te pierdes
de mis besos y, aunque yo pueda argumentar todo lo que se me ocurra, no pasa de
ser simples palabras haladas de los cabellos, tratando de fundamentar el deseo inconmensurable
de sentir la suavidad de tus labios, asirte de la cintura y perderme de este
mundo para ir a uno mejor, de tu mano, de tus labios.
No le
resto valor a la fuerza de mis besos, al fuego de mi alma, la realidad de mi
sentir y el génesis de la necesidad de besarte y todo lo extraordinariamente
bueno que viviré repitiendo incansablemente de ese momento.
Sólo
le pregunto a la luna, las estrellas, al sol, al viento y a todo aquello en lo
que de corazón creo, ¿Por qué no pude merecerme uno o más de tus besos?




