Antes de que la noche
termine de cerrar sus cortinas, mi ritual no es el descanso, sino buscarte en
el umbral del sueño. Pensar en ti es encender una linterna en la penumbra; es
reconocer que no eres solo el refugio al que voy cuando cierro los ojos, sino
la luz que me hace querer mantenerlos abiertos.
Eres esa mujer que habita
dos mundos con la misma gracia. Al estar despierto, eres el impulso, la melodía
que se enreda en el ruido cotidiano y lo vuelve armonía. Pero al dormir, te
transformas en la dueña de mi geografía imaginaria, el sueño más lúcido donde
el tiempo no corre y el frío no existe.
A veces, en medio del
ajetreo, la realidad se suspende. Es ahí cuando ocurre el verdadero sueño
despierto: el ruido del mundo se apaga, las urgencias se vuelven
insignificantes y, de pronto, te apareces. No hace falta cerrar los párpados
para verte; basta con que mi mente se escape un segundo a tu lado. En esos
instantes, te siento caminando conmigo, riendo de mis torpezas o simplemente
existiendo, demostrándome que se puede soñar con los ojos bien abiertos,
sintiendo el calor de tu presencia a plena luz del día.
Me acuesto con la certeza
de que no voy a perderte en la oscuridad, porque te llevo tatuada en el
pensamiento. Eres para soñarse de día, con la mirada perdida en el horizonte, y
para encontrarte de noche, en ese lugar donde las almas se tocan sin permiso
del cuerpo. Me duermo para verte, pero despierto para seguir amándote.

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