Alguna
vez en mí adolescencia, un hombre se acercó a conversar con nosotros y entre lo
sagrado y lo profano, en un momento dijo que no le gustaban las mujeres que
cobran por intimidad, porque mientras él puede hacerlo con toda la intensidad,
ganas y respetos, quizás ella sólo emita gemidos ajenos, pensando en otro
cliente o en un amor, que fue o no pudo ser.
Su temor
lo transformó en una manera de ser que va más allá de no tener relaciones con
una dama de compañía. Llego a no desear lo que verdaderamente no puede ser
suyo, ni siquiera por una transacción consensuada.
¿Cuánta
gente no insiste en aquello que desea y se le antoja y que no depende de su
decisión, sino del sí o de las condiciones de otra persona?; y en esa
insistencia, lo que consigue es crear grietas que le restan pureza a sus
sentimientos, hasta que el mismo, que otrora costó tanto, ya no vale nada.
Lo que
no se gana, incluso por el ser y el estar, de llegarse a tomar, se está
robando. Y quizá sea efímero, un torrente pasajero que luego genere una sequia
peor a la que se tenía cuando se vivía en soledad.
Los gemidos
ajenos van más allá del acto carnal; porque de seguro pertenecen a alguien que
no pudo tampoco sostenerlos, o no supo, o peor aún, no quiso. Eso los hace más
profundos y a la vez, cuna de lamentaciones.
¿Cómo
rescatas el ahogo de algo que no es tuyo y que, aunque le salves físicamente,
en corazón, sensación y sentimientos, sigue perteneciendo a otra persona?; una
batalla campal contra las sombras, que te será eternamente perdida.
Pero
cuando los gemidos son tuyos, de ti, para ti, se transforman en el clímax de la
alegría y la buena fortuna; porque son el pensamiento, la seguridad, la paz,
sonrisas y ánimo que se tienen al saber que fuiste el detonante, el alfa y el
omega.
Y que
a su vez, no darás gemidos ajenos por quien no es la persona destinataria de
los tuyos. Una doble salvación que quizá no se comprenda, pero se siente en lo
libre y fragante que es, acoplando perfectamente con lo que has querido para tu
transitar por esta existencia.
Habrá
quien uste o acepte gemidos ajenos, encontrando un temporal consuelo de todo
aquello que le es esquivo y le acongoja. Admitiéndolos en su vida como un
solazar de sus emociones truncadas por lo que no pudo lograr.
No hay
quien le juzgue, porque el arte de los sonidos, que es la música, ayuda a
aplacar al alma cuando las tribulaciones y sinsabores le rodean. Y en
ocasiones, hasta los gemidos ajenos, son un concierto al cual asistir donde
-por mera casualidad-, hay alguna sinfonía que sí es para ti, en agradecimiento
por seguir luchando y porque nadie debería de estar sin sentir una muestra de
afecto, incluso, condicionado.
Sean
gemidos ajenos o propios, que la paz sea contigo y que el fardo en tus espaldas
sea más liviano; por algo y para algo, acá estamos.

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