Dicen
que los animales en casa, sea en una jaula o en una pecera, sufren. Pero,
¿Acaso nosotros que tenemos libertad, no sufrimos también?
Los animales
también son del hábitat que les acoge, cuida y respeta, como la persona que va
a otro país a forjar su nuevo camino.
Ver a
los peces tranquilos, yendo de allá para acá, sin sufrir, olvidando al pasado y
viendo el ahora y el mañana, dejando constancia de su existencia. No es para
envidiarles, sino para emularles.
Tanto
que decimos ser una especie superior y no podemos extraer lo mejor de cada
especie viva y aplicarlo para nos como individuos y sociedad.
Un pez
no sabrá el concepto del amor, pero lo conoce por instinto, por necesidad, por
cómo se siente. Va nadando lado a lado o se comporta como es debido al
encontrarse; un instinto que implica evolución.
Ver a
una pecera es quedarse absortos contemplando a la calma de una repetición incesante
en un espacio definido. Admirando cómo sacan el mejor provecho y no dejan de
encontrarse con su propia razón de existencia sin resentirse de que no sea un océano,
lago o río.
A los
peces les contamos nuestro día a día, les cantamos y hasta les regañamos sí se atacan,
demostrándonos que podemos convivir con responsabilidad en la más acrecentada
sencillez.
Un cofre
de tesoro que se abre y brinda oxigeno o una noria o un buzo que humanizan a
esa pequeña jaula de vidrio. Piedras, algas, alimento, todo un entorno para su
comodidad.
Lo más
importante de la pecera son sus habitantes, que nadan veloces, lentos, se
quedan estacionarios y van raudos a probar el alimento con el que les dotamos.
No son
un adorno más en un hogar, son vida y compañía. Esa que nos deja extasiados y
sin palabras autocomplacientes cuando con ellos conversamos. Esa compañía que
todo ser vivo, amerita.
Queda
pues claro, que no es un acto malvado crear un hábitat y colocar algún animal
en él, como en este caso una pecera o acuario para los peces.
Lo cruel
es no darles el cariño, confort y confianza que ameritan para su nueva
residencia, un destino que ya estaba escrito y ligado a nosotros, que bien
sabía el Creador que ameritábamos de solazar a nuestra alma y poder escapar de
ese mundo de afuera, estando también en nuestro hábitat en la más agradable de
las comparsas de movimiento perpetuo: los peces.

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