Llamado sin freno
Deja el miedo en la
puerta, que no entre,
que el silencio no ahogue
lo que sientes.
No hay juez en la alcoba,
ni hay testigo,
solo el eco de dos
cuerpos ardientes.
Rompe el molde del
"qué dirán" mañana,
que su voz es cobarde y
no te alcanza.
Aquí el único pacto es la
entrega,
sin promesas que aprieten
la esperanza.
El compromiso no es una
cadena,
sino el juramento tácito
del roce:
respetar el altar de este
momento,
no huir cuando la llama
se hace feroz.
No manches con la duda
este milagro
de querernos sin máscara
ni manto.
Mejor arder dos noches en
tu infierno
que vivir cien inviernos
en el llanto.
Que el deseo no pida
permiso al calendario,
ni a la moral que pudre
los latidos.
La verdadera honra es no
traicionar
la necesidad que grita en
el vacío.
Así que ven, y si después
no hay vuelta,
que no nos duela el qué,
sino el cuándo.
Que la peor pena no es el
olvido,
sino el deseo que nunca
se hizo beso
y que llora en nosotros,
desde el fondo.
El día después
Y cuando el sol nos
encuentre revueltos,
sin más promesa que la
piel que ardió,
no habrá mañana que exija
respuestas,
solo el eco de un beso
que nos unió.
Verte después no es
enfrentar cadenas,
sino sonreír por lo que
fue verdad.
Agradecer el riesgo, no
el contrato,
y saber que ese instante
fue libertad.
No hace falta firmar
sobre las sábanas
lo que el cuerpo ya selló
sin condición.
Basta el brillo en los
ojos al mirarnos,
sin culpa, sin rencor,
sin prisión.
Y si el deseo vuelve a
llamar a la puerta,
que nos encuentre libres,
pero fieles
al milagro de habernos
atrevido,
sin dueños, sin mentiras,
sin papeles.

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