miércoles

Tatuajes...

tatuajes

La tinta no es un capricho de la piel,

ni un dibujo grabado por el juego;

es un grito sagrado, antiguo y fiel,

un mensaje bordado sin pincel,

que nace del espíritu y del fuego.

 

Hay marcas que nacieron del dolor,

de una ausencia que sangra con la vida,

un llanto convertido en un honor,

la cicatriz sellada del amor,

que cura lentamente la herida.

 

Aquel que porta un código leal,

lo esculpe con el alma transparente;

mantiene su promesa hasta el final,

convierte su linaje en pedestal,

alzando con orgullo la frente.

 

Nace la búsqueda en la aridez,

al querer descubrir un nuevo mar,

indagar lo profano con lucidez,

retar la misteriosa timidez,

para aprender la piel a descifrar.

 

Mas quien busca una imagen tan fugaz,

un adorno ligero y sin bravío,

hallará un testimonio incapaz

de sostener un alma que es audaz,

dejando solo un símbolo vacío.

 

Un tatuaje es un pacto de devoción,

una alianza que el tiempo no quebranta,

juramento sin voz ni rendición,

atado al palpitar del corazón,

que hasta en la misma muerte se levanta.

 

Es el sello indestructible y constante,

que inmortaliza en carne algún ensueño,

un trazo victorioso y deslumbrante,

que no cambia su forma en un instante,

pues pertenece a un decidido dueño.

 

Servirá de memoria en la matriz,

recordando de dónde proviene el vuelo;

cuando la sombra intente volverse gris,

la piel guardará intacta la raíz,

fijando tu mirada hacia el cielo.

 

Hay belleza tallada en la figura,

que convierte los poros en vaivén,

arte vivo que muestra la escultura,

donde el trazo despierta la frescura,

y el cuerpo se transforma en un Edén.

 

Se lleva con profunda dignidad,

no para el gozo ciego del ajeno,

sino por la más pura verdad,

vistiendo la conciencia con majestad,

con un temple firme, noble y sereno.

 

La verdadera tinta busca el secreto,

se esconde dulce entre la penumbra;

no necesita un aplauso ni un decreto,

vive callada bajo un manto discreto,

que en el silencio de la piel alumbra.

 

Las palabras escritas con destreza

dibujan las verdades del camino;

son frases de valor y de firmeza,

oraciones que vencen la tibieza,

sellando para siempre el destino.

 

Los rostros guardan un valor sagrado,

imágenes que nunca han de borrarse;

íconos del espíritu encarnado,

misterios de un pasado ya labrado,

que se niegan en polvo a transformarse.

 

Quien decida marcarse, lo haga despierto,

con la luz bien encendida en la conciencia,

midiendo en cada aguja el paso cierto,

sabiendo que jamás será un desierto

el mapa dibujado con prudencia.

 

Rechaza la corriente de la moda,

ese viento ligero sin gobierno,

que a las almas ciegas acomoda,

y el capricho del mundo torna en oda,

olvidando lo firme y lo eterno.

 

Sé un mensajero fiel de la victoria,

un libro vivo alzado con heroísmo,

que lleva estampada su memoria,

contando a los hombres su trayectoria,

sin sucumbir al hueco del egoísmo.

 

Camina con el alma bien despierta,

mira la piel como un templo inmortal;

haz de tu cuerpo una muralla abierta,

donde la tinta sea una verdad cierta,

y tu mensaje un faro celestial.

Argenis Serrano 

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