El tema de nunca acabar..., atado a la historia de la
humanidad, siempre cuestionado, incómodo, pero que se reconoce como existente.
Por un lado es un problema, por otro un conflicto, por
otro una solución, por otro un paliativo. Las partes involucradas se
entremezclan en esos cuatro términos y algunos más, cohabitando entre el placer
momentáneo y las necesidades que se dicen tener.
Las scorts o damas de compañía ven a este mundo como una
solución, una opción y la resolución de una necesidad, sea cual sea el tiempo
de la mismas. Sea transitoria o más duradera, queda en cada una de ellas y el
juzgarla es una batalla que, como dije, ha sido parte de la historia universal
y ya no parece tener más refute.
Para los hombres es la opción que se le acepta al
soltero, mientras no la diga, para encontrar todo aquello que quizás en un amor
verdadero no pudo encontrar. Para algunos es hasta medicinal, por aquella
tendencia de romantizar las carencias sentimentales y fusionarlas a las ciencias
de Hipócrates.
Ellas fingen cariño y ellos, sabiendo que es fingido, lo
toman, porque es mejor que la falta de un “te quiero”, “vales mucho”, “me haces
sentir”, sumado a otras cosas más intimas que sólo entre ambos pueda existir,
mientras él pague.
Las damas de compañía o scorts suplen también el abandono
de un amor que les tomó sin pagar y les usó; y muchas de ellas conocieron otro
amor por el cual -sin importar los peros que coloquen quienes lean esto-, se arriesgan
en el arte del placer: sus hijos.
Por eso ambos se necesitan: Ellas se ofertan y ellos
recurren. Como no hay ataduras sentimentales, se entregan en un intercambio
comercial lleno de placer que no se siente, pero se vive. Que tiene mucho de teatralidad,
pero apacigua las aguas del desdén, soledad, tribulaciones, rutina y rechazo.
Suene o no muy romántico lo acá descrito, las damas de
compañía y scorts han salvado a muchos hombres de la depresión, de la tristeza
de sus destinos. Han sido también una tentación a evitar o en la cual caer,
como el árbol del bien y del mal.
Es un negocio que ya es propio y por ende, como adultos,
saben qué es lo que les conviene o no. Se recurre a las damas de compañía o
scorts para sentir con los cinco sentidos aquello que quieren y no pueden alcanzar.
En cada quien está el mérito, lo cuestionable y lo que se
les pediría que cambien. Pero el respeto al derecho humano es la paz, mientas
éstos cumplan los deberes.
Y sí eso puede ser una panacea para su alma, como
argumentan, pues nadie debe jugarle al justo juez. Ya el cielo ha de saber qué
hacer o decir de quien recurre a una dama de compañía o scort y de quienes a
ello, por un tiempo o permanente, se dedican.
El mal está en el lugar desde donde se vea; igual el
bien. Por eso hay que tener pródigo cuidado al evaluar todo esto de pagar por compañía femenina; hágalo por amor
propio y respeto al prójimo.

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