No sé ya
cuántas
tazas de
café llevo
acumuladas en la mesa,
pero
todas tienen algo tuyo.
El vapor dibuja
tu silueta,
el color oscuro
copia tu mirada,
y el fondo negro
me recuerda
la noche entera
que pasamos despiertos.
Ya perdí la cuenta
de los minutos
y de los tragos,
pero en cada uno
te encuentro de nuevo.
Tu boca
en el primer sorbo
que me quema los labios,
tu cuello
en la temperatura
exacta que me entibia el
pecho,
tus besos
en ese calor
adictivo y profundo
que me
sube lento
por las venas,
me estremece la piel,
me desarma el orgullo
y me
rompe la postura
dejándome vulnerable
ante el recuerdo intacto
de tu cuerpo rozando el
mío.
La mañana
parece tranquila
detrás de la ventana,
el mundo corre despacio
y el sol finge calma,
pero mi
deseo no entiende eso;
está gritando adentro,
rompiendo el silencio.
Cada café
me sabe a ti,
a tu saliva, a tu piel
dulce,
y cada
ausencia…
esta distancia maldita,
este vacío en la silla,
me pide
con urgencia
un beso
para poder despertar del
todo
y frenar esta
insoportable espera.
Argenis Serrano

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