Pareciera que he llegado 25
años tarde para hablar sobre “Yo soy Betty la Fea”, pero su vigencia está al
tope tanto en su versión original como en las secuelas o alternativas de la
misma, además de las adaptaciones que se hicieron y se seguirán haciendo en el
mundo entero.
Tanto es su impacto que,
estaba buscando la receta de como preparar un ajiaco, el plato típico colombiano
más pedido en Santa Fe de Bogotá y la búsqueda me mostró un clip de Nicolás
Mora pidiéndole a la mamá de Betty que le hiciera uno.
¿Qué decir sobre “Yo Soy Betty la Fea”, que ya no se haya dicho?
Que la fórmula está viva
porque la realidad interna de la obra se mantiene, pero sólo vista siempre por
quien sufre rechazo por su físico y luego observada -y hasta con un impacto psicológico
más fuerte y perturbador- por quien tuvo la belleza y la perdió.
Hay gente que observa
tanto el físico ajeno que jamás ve el suyo, llenándose de estigmas por una risa
burlona, una mirada que juzga sin derecho, que escucha atentamente lo que le
conviene y se cierra a las realidades y que usa sus manos para sembrar cizaña o
falsa dominación.
Esa gente es fea y, con
el paso de los años, se da cuenta que todo lo vacía que fue en su juventud y
adultez joven, sirve de nada en las cercanías de la senectud. Y su físico se ve
bañado de lágrimas, suspiros y quejas contra sí mismo. Claro está, sí es que la
conciencia se libera y pasa a ser su primer juez, hay muchos otros que viven en
la sofisma de la belleza hasta la sepultura.
Don Armando entendió eso
pronto pero siguió con una seguidilla de errores al ver sólo el físico y alma
bella de Betty, pero nunca poder hacer que el suyo se comparase. Le entregó
dependencia, pero no apoyo. Y es también es feo, porque el amor propio
significa reconstruirse para ser mejor para sí mismo y también para quien le
manifiesta amor, ya que, como muchas veces hemos dicho en este blog, “ser
pareja es ir a la par”.
Yo soy Betty la Fea también
enseño que la belleza puede ser algo feo ante lo vacío, y que los feos que
buscan “mejorar la raza” con una mujer bonita o un hombre buenmozo, corren el
riesgo de crear un matrimonio vacío de ideas, aportes espirituales, sociales y
éticos para sentirse complacidos.
Nadie puede mejorar la
raza sólo en el físico, debe mejorarla en actitud, templanza, sociabilidad y
empatía, para que se acaben o al menos se aminoren las desigualdades y también los
rechazos por el físico.
Yo soy Betty la fea es
una historia que se ha ido haciendo más cruda, viendo lo feo de vivir en un
mundo de ensueño que no se balancea con realidad y en un mundo de realidad que
no se solaza en el ensueño.
Eso de que “todo o es
blanco o es negro”, crea parcialidades y no mejora el ánimo, autoestima,
realidad de las personas y se forma una especie de discriminación no racial,
sino de estructura, que es tan separatista como los choques interraciales, pero
un delito que no se juzga, ya que nadie puede ser juzgado por rechazar a
alguien que no te gusta, incluso cuando se lo dicen de manera despiadada.
Esta obra -al menos la versión
original- tuvo un final feliz porque el poder del guion así lo exige. Pero será
mejor cuando se juzgue la fealdad de las actitudes hoscas, indiferentes,
cruentas o casi que anti evolutivas para que la verdadera gente fea (la de
corazón, alma y humanismo), sea la que se rechace y llore hasta que busque redención
real.
Quizá sea pues ese el
instante en que la belleza subjetiva tenga su sitial de honor, ya que la gente
verá la belleza rea de una persona y esa visión se renovará a diario, acabando
con las separaciones, divorcios, infidelidades y desgano en la llama de la
pasión.
Así como la protagonista
de “Yo soy Betty la fea” eliminó de su ser el odio y la venganza, encontró y
dio perdón para ella poder surgir, nosotros lo hallaremos cuando dejemos de ver
nada más lo buena que está una mujer o lo colágeno que está un hombre y cegarse
con eso, impidiéndose a ver quién es realmente en su interior, antes de que las
cosas lleguen a mayores y sea muy tarde.

No hay comentarios:
Publicar un comentario