Te busco en el mapa de
mis soledades,
suspirando tu nombre como
un rezo herido,
mientras la distancia
inventa verdades.
Es una locura este tiempo
perdido
buscando tu sombra en
otras ciudades,
viviendo un amor que me
deja vencido
y borra en mi cara las
felicidades.
Qué fácil sería rendirse
a la muerte,
dormirse en el frío de
algún camposanto,
que estar esperando el
azar de tu suerte.
Ya no me conmueve ni el
ruego ni el llanto,
solo este deseo de volver
a verte
que me vuelve loco, que
me causa espanto,
y me obliga, a ciegas, a
querer perderte.
A veces camino hablando
entre dientes,
peleando con fantasmas
que no me responden,
ante la mirada de toda la
gente.
Son tus recuerdos los que
me confunden,
los que me desarman
psicológicamente,
mientras mis ganas de ti
se hunden
en este silencio tan
impertinente.
Ya no busco ayuda ni en
libros ni en arte,
ni el juicio me sirve
para estar de pie,
solo queda el vicio de
siempre extrañarte.
Maldigo el momento en el
que me alejé,
la obligación de tener
que dejarte,
el rastro amargo de todo
lo que fue
y esta frenética manía de
idealizarte.
¿Cómo me salvo de este
hundimiento?
Estoy solo en medio de un
mar de concreto,
atado a la silla de mi
pensamiento.
Tu lugar es lejos, tu amor
un secreto,
y yo soy un preso de este
sentimiento
que me va robando la paz
por completo
en el escenario de mi
aislamiento.
Te suelto a la suerte, te
dejo en la vida,
con tu porte altivo y tu
honor de cartón,
que otros se curen con tu
despedida.
Ya no quiero ser tu fiel
distracción,
ni la cicatriz de tu
herida fingida;
prefiero arrancarme del
pecho el tirón
de esta esperanza que ya
está podrida.
Me quedo conmigo,
guardando el suspiro,
buscando el alivio de no
ser más tuyo,
lejos del centro de tu
propio giro.
Entre los escombros de mi
propio orgullo
recojo las piezas de lo
que hoy retiro:
ya no queda nada, solo
este murmullo
de un hombre que libre,
por fin, da un respiro.

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