En el jardín del alma,
donde el sol no declina,
florece la argosía, cual
verdad diamantina.
No de cien ojos vista,
sino del corazón,
que reconoce el aura de
su pura razón.
Es ella la mujer, de
espíritu sereno,
un faro de ternura, de
saber pleno.
Su risa es melodía que
acaricia el oído,
su voz, bálsamo suave
para el ser adolorido.
De inteligencia vasta,
que no juzga ni oprime,
mas eleva el espíritu y
enaltece, redime.
Sus palabras son puentes,
no murallas de acero,
construyendo senderos de
sincero esmero.
La argosía que emana de
su ser transparente,
es la verdad que brilla,
honesta y elocuente.
No hay dobleces en ella,
ni velos que la cubran,
su esencia es cristalina,
donde las almas celebran.
Atrae como el imán al
metal, sin esfuerzo,
con la paz que irradia en
cada verso, en cada rezo.
Su presencia es un
bálsamo que calma la inquietud,
un refugio seguro, un
templo de virtud.
Es maestra sin dogmas, un
libro sin final,
donde cada capítulo es un
bien inmaterial.
Su plenitud se vierte en
gestos de bondad,
sembrando en cada paso la
anhelada unidad.
Y quien se acerca a ella,
con el alma desnuda,
encuentra un eco amigo,
una mano que ayuda.
La argosía en su mirada,
es visión que ilumina,
la mujer plena y veraz,
esencia divina.
En su aura se respira una
calma profunda,
la verdad que consuela,
la paz que no se inunda.
Un alma bella y sabia,
que en este mundo errante,
es faro, es puerto, es
paz, un don constante.
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