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lunes

Miriam González: Superando la "discapacidad" 2: Motociclismo

Llegué a los 10 años y en ese momento comencé a darme cuenta de todo lo que habían hecho por mí y que debía devolver el “favor” realizando mi sueño: ser la más rápida.

Comencé a organizar mi tiempo, ya que tenía también mis metas al estudiar, que eran bastante claras: quería estudiar algo en relación con la informática, ya que en esa época ya se sabía que iba a ser el futuro. Cabe decir que siempre se me ha dado bastante bien estudiar (menos lengua y literatura, que eran mi “cruz” particular y que, gracias al cielo y a Twitter, está Argenis que corrige mis errores gramaticales, regaña y todas esas cositas (: ** alias: papá!!)).

Me dediqué a leer libros sobre autocontrol y meditación, y a practicar Taichí y Yoga y, sobre todo a pensarme las cosas más de 3 veces. Mi carácter es serio desde mis principios, pero se reafirmó aún más con tanto darle vueltas a la cabeza.

Con 10 años y medio comencé a correr “oficialmente” en la FGM (hace muchísimos años que no existe) para competir a nivel provincial. Lo que más recuerdo de esa época es la cantidad enorme de horas que pasaba con mi tío entrenando y mis horas de estudio.

Llegados los 13 años mi tío decidió que debía competir en el Campeonato Andaluz de Motociclismo en categoría ALEVÍN. Estaba que no me lo creía. Me subía por las paredes. Ya que ¡sólo había competido dos veces y, eso sí, había puntuado, pero había quedado en puestos bajos a mi parecer!. Recuerdo que cogí pintura en spray para metales fuertes y pinté yo misma mi Derby de color violeta pastel (estaba ya harta del blanco). 

También me decidí a cortarme el pelo (sudaba mucho con el casco), pero cuando entré a la peluquería bajé la cabeza y dije `sólo las puntas…` El peso lo mantenía a raya, y mi forma física era excelente.

Y llegó el día. Me comporté como siempre lo hacía. Desde el vestuario me coloqué el casco y rápidamente me subí en la moto. Nadie se fijó en mí… ¡creo! Mi tío no paraba de hablarme, hasta que le miré fijamente y le pedí mis walkmans. Llevaba preparada una cinta de Metallica. Escuché la mitad de “The best of you” y lo dejé porque no había tiempo. Respiré profundamente, cerré los ojos y cuando escuché `go!`tomé salida y me centré en la pista.

Faltaban 3 vueltas, yo iba sexta, y un “sujeto”, si se puede llamar así, me derribó con su rueda delantera por la parte trasera. Caí de lado y sentí un dolor espeluznante. Pero mi rabia pudo con el dolor. Ya me daba igual   que la gente que fue a ver la carrera se enterase de que era una chica. Me levanté encogiéndome el brazo como podía, me quité el casco, me acerqué al otro chaval y le canté  “las 40” a grito limpio. Al final logré puntuar, pero quedé en muy bajo puesto. Peor le fue al chaval, que lo descalificaron. Yo me llevé la peor parte, con fractura limpia del antebrazo y dos meses con la escayola para que el hueso soldase bien.

Pasó el tiempo, tres años mal contados. Continué entrenando, yendo al gimnasio y, en mi tiempo de ocio me dedicaba al motocross. Como en Andalucía no se da mucho el motor, mi tío y mi padre pensaron en internarme en Barcelona, para que allí pudiera desarrollarme como piloto y llevar adelante mis aspiraciones académicas. Hasta que pasó lo que tenía que pasar.
(Texto original sin correcciones, por respeto a la espontaneidad de su autora)

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